“Dichoso el que procede sin tacha, y sigue la ley del Señor. Dichosos los que guardan sus preceptos, y lo busca de todo corazón. Dichosos los que, sin cometer ningún mal, sigue sus caminos.
Tu promulgaste tus decretos para que se observaran con esmero. ¡Ojalá mis caminos sean firmes en la observancia de tus normas! Entonces no me avergonzaré al mirar todos tus mandatos. Te daré gracias de corazón, instruido por tus justas decisiones. Quiero observar tus normas. ¡No me abandones nunca!
¿Cómo puede un joven llevar una vida honesta? Viviendo de acuerdo con tu palabra.
Te busco de corazón, no dejes que me desvíe de tus mandatos. Dentro del corazón guardo tu promesa, para no pecar contra ti. Bendito seas, Señor, enséñame tus normas. Con mis labios enumero todas las decisiones de tu boca. Encuentro más lágrimas en tus preceptos, que en las riquezas. Quiero meditar tus decretos y contemplar tus sendas. En tus normas tengo mis delicias, no olvido tu palabra”.