“Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco...
Alma mía recobra la calma, que el Señor te ha tratado bien. El libró mi vida de la muerte, mis ojos de las lágrimas, y mis pies de la caída. Caminaré en presencia del Señor, en el mundo de los vivos.
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Levantaré la copa de la salvación invocando su nombre. Cumpliré mis promesas al Señor en presencia de todo el pueblo. El Señor siente profundamente la muerte de los que lo aman. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava: rompiste mis ataduras. Te ofreceré un sacrificio de acción de gracias, invocaré tu nombre; cumpliré mis promesas al Señor en presencia de todo el pueblo, en los atrios de la casa del Señor en medio de ti, Jerusalén”.