Yo creo que todos admiramos a Martin Luther King, el gran luchador por la igualdad entre los blancos y los negros de Estados Unidos. Su lucha pacífica le costó la vida. Muchas veces antes de que lo mataran había recibido amenazas de muerte y en algunas ocasiones salvó su vida de los atentados de puro milagro.
Una vez le preguntó un periodista si tenía miedo ante las repetidas amenazas de muerte de que era objeto. El confesó que sí tenía miedo, que él no era un héroe de película; pero que su confianza no la había puesto en sus propias fuerzas, sino en la ayuda que Dios le ofrecía y que le hacía superar el temor.
Algo parecido ocurre con el Espíritu Santo. Es como una fuerza que nos hace superar nuestras propias limitaciones, de modo que quien se fía de él sabe que no está solo, que todos los momentos de su vida, por muy duros que sean, Dios nos ayuda y nos ofrece su amistad. Ni la muerte puede vencer al que confía en Dios. Martin Luther King perdió su vida, pero su causa sigue adelante. Le quitaron la vida, pero no pudieron con él porque su esperanza la había puesto en Dios, y Dios nunca falla.