Una mujer llamada Irene había puesto su puesto cerca de la playa. Había elegido un lugar tranquilo, un poco apartado de los otros vendedores. Sobre la mesa no había ninguna mercancía. La gente pasaba indiferente por delante. Después de un buen rato, unos niños, tocados por la curiosidad, se acercaron.
—Vendo paz —dijo la vendedora con una risa graciosa.
—Nos gustaría comprarla, si no es muy cara.
—La podéis llevaros gratis —contestó Irene.
Los niños se fueron, felices, cada uno con su parte. Su alegría llamó la atención de todo el pueblo. Algunos adultos hicieron caso a los niños y también fueron a la vendedora para adquirir su parte de paz. Empezaron a sentirse en paz en su interior y a comunicar paz a todos. Cuando se les acababa la parte, volvían a buscar más.
Los niños estaban muy felices; no necesitaban juguetes bélicos y se entendían entre ellos; nunca se peleaban y eran felices. Los adultos ya no tenían necesidad de tantas cosas inútiles que se compran en los supermercados.
Pero los comerciantes poderosos tuvieron miedo de que el negocio se fuera al traste y apelaron a la autoridad.
Acusaron a Irene de no pagar impuestos y de estafar con una mercancía inexistente. Irene tuvo que salir de la ciudad a toda prisa. Todos los vecinos no tardaron mucho en pelearse y desconfiar unos de otros.