En un país remoto, lleno de montañas y de praderas, vivía un pastor muy bromista. Todos los días tenía que subir a unos pastos que estaban en lo alto de un monte y, como se aburría mientras las ovejas pastaban, se le ocurrían muchas barrabasadas. Una de ellas la puso en práctica. Ahora veréis lo que ocurrió. Desde el llano se oía con toda claridad todo lo que gritaba en el monte. De modo que nuestro pastor, para engañar a sus vecinos, gritó un día con voz suplicante: ¡Auxilio! ¡Socorro! ¡El lobo ha salido de su cubil y viene corriendo hacia aquí para comerse mis ovejas!
Los demás pastores y los campesinos del valle abandonaron inmediatamente sus tareas, cogieron sus garrotas y, tan de prisa como se lo permitían sus fuerza, treparon por los riscos hasta llegar a donde el joven apacentaba su ganado. Cuando llegaron, sudorosos y jadeantes, vieron al pastorcillo muerto de risa y a las ovejas pastando tranquilamente a su alrededor.
Lo hizo esta y otra más. Tampoco la segunda dejaron de subir sus vecinos, quienes se enfadaron muchísimo al llegar y ver que el pastor se había vuelto a burlar de ellos. Pero un día, estando en el mismo sitio, el lobo se presentó de verdad y el pastorcillo se desgañitó, lloró y gritó llamando a sus vecinos. Pero ellos, creyendo que era otra broma, no se movieron del pueblo y el lobo devoró todo el rebaño.