La liebre y la tortuga

“Érase una vez un bosque en el que vivían muchos animales diferentes. De entre todos ellos cuentan, el más veloz era una liebre joven que sólo tenía un defecto: era demasiado presumida. Siempre estaba comentando sus proezas con todos los animales del bosque que se topaba en su camino. Decía que en una carrera nadie era capaz de llegar a la meta antes que ella. Una tarde se encontraba hablando con varios de ellos y presumiendo, como siempre, de lo que ella era capaz de correr, cuando la tortuga más vieja de los contornos acertó a pasar por allí. Al verla caminar tan despacio la liebre se rió de ella descaradamente. Me parece que tú presumes demasiado (le dijo entonces la tortuga), habría que verte echando una carrera conmigo.

La liebre se rió más fuerte todavía y convinieron empezar la carrera en aquel mismo momento. La meta estaría en el final del bosque y serían testigo de la carrera todos los demás animales. Se dio la señal y la liebre y la tortuga empezaron su carrera. Ni que decir tiene que la liebre dejó enseguida muy atrás a la tortuga. Tanto, que pensó: Si continúo corriendo así voy a llegar demasiado pronto. Me echaré una pequeña siesta recostada contra ese árbol”. Y  así lo hizo. Entonces la tortuga, que no había parado un momento desde que salió, adelantó a la liebre dormida, y cuando ésta se despertó la tortuga había llegado al final del bosque y había ganado la carrera. Y la liebre nunca más volvió a presumir en toda su vida.”.