“El Señor decidió un día crear al hombre, es decir, un ser capaz de hacer todavía más bella la ya hermosa creación. A este anuncio, loa ángeles se agitaron, no por celos de la nueva creatura sino por desconfianza hacia la nueva obra, que a ellos les parecía inconcebible e inactual.
Tomaron, pues, una actitud crítica respecto al Señor, casi temiendo que la gran fatiga de la creación hubiese despojado a Dios de sentido común y sabiduría. Los ángeles no lograban entender un ser que tenía que participar del mundo inferior y del mundo superior. Un pedazo de tiempo incrustado en la eternidad; la contradictoria coexistencia de lo material con lo espiritual.
Por lo tanto, se organizó una asamblea. Se preparó una especie de orden del día, en la cual, considerando que lo espiritual no podía estar unido a lo material, intimaban al Creador a no llevar a efecto aquel proyecto.
La orden del día fue sometida a votación por unanimidad y un querubín se encargo de someterla a la consideración divina. El Señor leyó. Releyó. La orden del día no tenía ningún error, y revelaba en la redacción un notable discernimiento crítico. A pesar de eso, el Señor miró fijamente al ángel y le dijo con firmeza: todo es justo; todo es verdad; pero lo que quiero no es cuestión de filosofía. ¿Y de qué entonces? Pregunto el querubín. El hombre sentenció serio el Señor, para mi es cuestión de fe y confianza. Callo. Un instante después confirmo: la persona humana es cuestión de fe”. (Leyenda hindú)