LA SAGRADA FAMILIA
Vivía en Nazaret. Jesús, María y José. O bien José, María y Jesús, que el orden de los factores no cambia el producto. Eran como tu familia y como la mía, sólo que mejores. Con la señal de la presencia de Dios. La pasaron magra. Que si el trabajo. Que si los precios caros. Que si la vivienda. Que cómo se está poniendo la vida. Y Jesús que se va haciendo hombre y muere de ganas de cumplir la voluntad del Padre. Día a día, Jesús se encontraba con el espíritu gozoso y lleno de ganas de darse a conocer en público.
Alegre, generoso, hermano. Aprendió junto a sus padres a aceptar el sacrificio de un pequeño grupo. Necesitó silencio para poder entender la raíz de los hombres, para profundizar en las miserias humanas y encontrar a Dios que no se ve. Estando tan cerca y tan a la vista.
San José Manyanet aprendió todo su saber de la vida de Nazaret. Y empezó también su labor. Tuvo la idea de levantar en Barcelona un templo dedicado a la Sagrada Família. Para recordarle a todo el mundo que una ciudad es como una gran familia. Con corazón. Donde Dios late más fuertemente.
UN HOMBRE BUENO
Estamos en el mundo de paso. La vida es un camino que llega siempre a Dios. Cuando hemos terminado nuestra tarea. Lo bonito es que al fin siempre hay un Padre que nos espera con los brazos abiertos. El padre Manyanet fue un hombre bueno, simplemente. Porque Dios lo quería de esta manera. Y porque supo escucharle. Ser bueno significa que no deben dejarse pasar los días sin hacer nada. Ser bueno es hacerlo todo, hacer todas las cosas para que al salir de uno mismo lleguen a los demás.
Ser bueno es sencillamente juntar la sed y el agua, el hambre y el pan, el sol y el frío. Hacer hermanos. Al igual que el padre Manyanet, que dijo sí a Dios, como si nada. Como el padre Manyanet que supo arraigar en el corazón de Dios. Unas raíces que germinaron a la hora de su muerte, el 17 de diciembre de 1901. Ese día, el padre Manyanet saltó al infinito y se encontró con la sorpresa del AMOR. Con mayúscula.
La bondad del padre Manyanet ha sido reconocida oficialmente por la Iglesia. Nos quedan sus huellas que no podemos olvidar. Y la alegría que nos hace seguirlas. La alegría que sentimos al pisar una tierra que él ha marcado con su camino.
JUAN HUESO, S.F.