Estamos en invierno de 1233. El diminuto pueblo de Greccio, como todos los pueblos de Italia, se prepara para a celebrar la Navidad. En este pueblo vive un tal Juan, muy conocido y apreciado de todos.
Quince días antes de la fiesta, Juan recibe un aviso de parte de su mejor amigo Francisco, llamado ya entonces “el pobre de Asís”, diciéndole: “Si quieres celebrar la Navidad del Señor en Greccio, espabila y prepara lo que te indico. Quiero celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar con los propios ojos como sufrió en su carne, cómo fue puesto en un comedero, sobre la paja entre el buey y la mula.”
Juan se espabiló para dar cumplimiento al deseo de Francisco.
Cuando el sol iba a la puesta, la tarde del día 24 de diciembre, en un establo en las afueras de Greccio, Francisco colocó una imagen del niño Jesús, reclinado en un comedero, sobre la paja, entre el toro y la mula de su amigo Juan. A medianoche las campanas repicaron con alegría y todo el pueblo acudió a contemplar la escena. En la cueva se celebró la misa del gallo. Francisco oficiano de diácono y proclamó con voz emocionada el texto de la narración del nacimiento de Jesús.
Más adelante, en lugar del primer pesebre, se construyó una capilla.
Esta costumbre se ha extendido por todos los sitios del mundo y se ha convertido en muy popular en la nuestra tierra. El pesebre nos ayuda a vivir la Navidad en un clima entrañable de amor familiar.