Su familia, sin duda cristiana, viviría en alguna villa de los alrededores de Barcelona. Al desplegarse la persecución del emperador Diocleciano, y al llegar a la ciudad su prefecto Daciano, se dijo a sí misma que, para defender su fe, debía hacerle frente, pese a la tierna edad.
En la primera luz del amanecer sale de su casa, que la tradición sitúa en el Desierto de Sarrià o quizás donde ahora es santa Eulalia de Provençana, en cualquier caso lejos de las antiguas murallas, y hace a pie esta larga caminata, entre campos , torrentes y casas de payés. Va deprisa por proclamar ante el siniestro Daciano:
“Soy Eulalia, sierva de Cristo, rey de reyes y Señor de señores.” Como no hay más rey y señor que el César ni más ley que la autoridad civil, para hacerla apostatar se recurre a la persuasión, a amenazas, a azotes y al potro. Finalmente, dentro de una barrica llena de cuchillos la hacen rodar por una calle empinada, la “bajada” que hoy lleva su nombre.
Ya muerta, su cuerpo se expone al pie de una cruz de término, fuera de las murallas (¿en la plaza del Padró?) y una nevada milagrosa viste su desnudez. Lo entierran cerca de donde en la actualidad se levanta el Arco de Triunfo y con el tiempo descansará en la cripta de la Catedral. En su recorrido de mártir, Eulalia santificó barrio por barrio la ciudad, que todavía es suya en misteriosos perfumes de virgen que no podía callar su fe y que caminó todo lo necesario para proclamarla fuerte.