Los santos no nacieron santos. Se fueron santificando en el día a día ya través de lo pequeño. Eran de carne y hueso como nosotros. Estaban sometidos a buenas y malas inclinaciones. Hay quien ha dicho que, si cuando se escribe la biografía de los santos, se relataran también sus defectos, al libro aumentarían sobradamente las páginas.
También es la fiesta de todos aquellos santos que no conocimos o que no conocemos, porque todavía viven y están entregando su vida en la construcción del Reino de Dios. Son personas que no han sido elevadas en los altares, que no son muy conocidas; sin embargo no por eso son menos “santos” o “santas”.
La importancia de esta fiesta consiste en dar gracias a Dios por estas personas, conocidas o desconocidas, que con su vida nos alientan a andar de una forma peculiar. Así, por ejemplo, los fundadores de congregaciones religiosas han propuesto un estilo específico para llevar adelante la tarea de hacer avanzar al Reino de Dios, que ahora nosotros también podemos seguir. Son fundadores famosos San Francisco, Santa Teresa, San Ignacio, San Antonio M. Claret, San José de Calasanz, el beato José Manyanet.