El amor da la vida

“Estamos en una leprosería, palabra ciertamente repelente y odiosa... hay hombres que no hacen nada, ni se les hace nada y que dan vueltas en el patio... Hombres que viven solos. Peor: están abandonados. Para ellos, todo es ya silencio y noche.

            Sin embargo, uno de ellos -tan sólo, uno- han mantenido sus ojos claros. Saben sonreír y, cuando se le dice algo, da las gracias. Uno de ellos -tan sólo, uno- sigue siendo un hombre.

La religiosa que le atiende ha querido conocer la causa de este milagro, lo que le retenía en la vida. Lo vigila atentamente.

            Y vio que cada día, por encima del alto muro, aparecía un rostro. Era un trozo de cara de mujer, del tamaño de un puño, que le sonreía. El hombre estaba allí, esperando recibir esa sonrisa que era como el pan de su fuerza y de su esperanza... Él le devolvía la sonrisa y aquella cara desaparecía. Entonces, el hombre recomenzaba su espera hasta el día siguiente...

            Cuando la religiosa les sorprendió, el hombre dijo simplemente: “Es mi mujer”. Y, después de un silencio, añadió: “Antes de que ingresara aquí, ella me cuidó a escondidas, utilizando todo lo que ha podido encontrar. Un hechicero le había proporcionado una pomada. Ella me ungía cada día la cara, salvo un pequeño trozo, justo para poder poner ahí sus labios.

            Todo fue en vano. Entonces me trajo aquí y me ha seguido. Y, cuado cada día la veo, me doy cuenta que gracias a ella estoy vivo”.