La Iglesia de Japón, treinta años después de la muerte de San Francisco Javier -primer misionero y occidental que llegó a aquellas tierras-, contaba la comunidad con más de ciento cincuenta mil fieles. Entre ellos Pablo Miki, hijo del capitán del ejército imperial y 26 compañeros más, entre ellos, Martín de la Ascensión de Guipúzcoa; Pedro Bautista, de Sevilla; Francisco de San Miguel, de Valladolid. Fueron perseguidos por intereses políticos, envidias y actitudes fanáticas.
Y como los tiranos no necesitan causas objetivas para perseguir a nadie, el jefe Hideyoshi dispuso que se les atrapara inmediatamente. Les cortaron la mitad de la oreja izquierda, los montaron en carretas y los llevaron a Nagasaki para ejecutarlos. En una colina, la que hoy tiene el nombre de “Colina de los mártires”, levantaron 26 cruces y allí los mataron a todos. Ellos, recordando el martirio de Jesús, murieron entonando himnos mientras las lanzas de los soldados atravesaban el costado de los cristianos.