Lo que más extraña de este gran hombre es que hubiera hecho todo lo que hizo antes de cumplir los 50 años. Su infancia la pasó en el monasterio benedictino de Montecasino. Cuando éste fue saqueado (1239), Tomás volvió a su casa, en el reino de Nápoles. Luego lo llevaron a la universidad, y a los 20 años se hizo fraile dominico.
Se fue a estudiar a París. El profesor era san Alberto Magno. Este genio de su tiempo le transmitió su inquietud por renovar la ciencia eclesiástica partiendo de los presupuestos de Aristóteles. Con 27 años era catedrático, cuando las leyes exigían al menos 35. Emprendió entonces su carrera de maestro y escritor. Su doctrina no venía de la mera especulación teológica sino de la respuesta audaz a las cuestiones pendientes de su tiempo.
Y mientras explicaba en clase, escribía en casa dictando a cinco copistas a la vez. La Suma Teológica, es un desbordamiento de saber divino y humano. Cada vez que Tomás tenía que enseñar, discutir, escribir o estudiar, acudía secretamente a la oración. Este era el secreto de su sabiduría y santidad.