De sus escritos, especialmente de sus obras principales: "La Escuela de Nazaret y casa de la Sagrada Familia" (1895), "El Espíritu de la Sagrada Familia" (1887), "Preciosa joya de familia" (1899) y de su abundante correspondencia, se puede extraer como una especie de decálogo:
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La familia proviene de Dios: Dios, que en su interior conforma entre las personas divinas la familia trinitaria, al principio creó al hombre y la mujer a su imagen y semejanza y los llamó a formar una familia.
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El matrimonio tiene un carácter sagrado: El matrimonio es el origen de la familia. Cristo dice que así lo estableció Dios desde el principio. No es, por lo tanto, un simple invento de los hombres. Por eso, es necesario prepararse bien para recibirlo y defender su dignidad.
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El matrimonio cristiano es un sacramento: Cristo elevó la unión del hombre con la mujer a la dignidad de sacramento, es decir, un signo de la unión de Cristo con la Iglesia. Dios celebra las bodas de la humanidad a través de la encarnación que se sella en la cruz, donde nace la nueva humanidad del costado de Cristo.
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El fruto más valioso del matrimonio son los hijos: La vida viene de Dios, pero se transmite de generación en generación con la colaboración de los padres. Los hijos son el mejor regalo que Dios puede hacer y deben ser recibidos con alegría, por encima de cualquier otro motivo o interés. Su primera responsabilidad es educarlos y acompañarlos hacia la plenitud humana.
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El matrimonio tiene sus reglas de juego y sus deberes: Los esposos deben aceptarse mutuamente con alegría, respetarse, dialogar y tener confianza mutua. Deben complacerse y compartir las alegrías y tristezas.
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El amor es el gran valor que da calidad a la vida matrimonial y familiar: El amor viene de Dios y la familia es su depositaria calificada. Debe recibirlo y cultivarlo con cuidado. El amor debe ser de palabra y de corazón, pero sobre todo de obra.
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Las manifestaciones del amor son la aceptación mutua y, en consecuencia, la paz y la concordia familiar: La paz y la armonía entre los padres y con los hijos son el fundamento y la condición para la felicidad familiar y para la edificación de la sociedad.
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En la familia, los padres son como sacerdotes: La paternidad es como un sacerdocio; así como es propio del sacerdote exhortar, predicar y rezar, igualmente los padres de familia, dentro de su hogar, deben ser celosos, vigilantes y constantes de palabra y con el buen ejemplo.
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La familia es la célula primaria de la sociedad: La buena salud de la familia repercute directamente en la buena armonía de la sociedad. En cambio, de una familia enferma, del desorden y de los antagonismos familiares provienen individuos débiles y conflictivos que exigen costosos recursos de rehabilitación.
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La Sagrada Familia, Trinidad de la tierra, es una imagen de la familia querida por Dios: La contemplación de la Familia de Nazaret nos sumerge en el misterio de la vida trinitaria. Los padres y los hijos encuentran en ella el modelo de su vida familiar y una ayuda permanente para alcanzarlo.