Las semillas fueron cultivadas con mucho cuidado...

LA ESCUELA
El primer día de escuela fue extraño. Tenía mariposas en el estómago. Quería ver qué pasaba. Ya era un hombrecito. Después, ya se sabe. Pasan los días y la escuela se va volviendo nuestra. Cada mañana nos levantamos pensando en las clases. "Madre, apúrate, que son las tres cuartos de nueve." Y hacia allá. Josep Manyanet era un buen estudiante. Se preocupaba por saberlo todo.

Dentro de su cabeza tenía un pajarillo que le hacía aprender las cosas rápidamente. Era trabajador y no dejaba nada para mañana. Porque el mañana nunca llega. Ya que hay que hacerlo, ¡mejor cuanto antes! Y lo hacía. Se podrían contar muchas cosas de la escuela. El ruido, los libros bajo el brazo, la mochila en la espalda, los golpes a la hora del recreo y las carreras. Y las ganas de terminar el curso. Y que comience el otro. Y de llegar a ser hombre.

CONFIRMACIÓN
En catequesis le habían dicho que recibiría al Espíritu Santo. Que cuando lo bautizaron era muy pequeño y sus padres y padrinos se habían comprometido en su nombre. Y que ahora él debía jugárselo todo por Dios. Le dijeron que el Espíritu Santo era como el viento y como el fuego. Que lo sentiría sin verlo. Que quedaría cambiado por dentro, convertido en otro. Esa noche casi no durmió. De lo contento que estaba y con ganas de que llegara la hora. El señor obispo lo confirmó, le dio un golpecito en el hombro y lo animó.

Fue en Barbastro el 30 de mayo de 1849. El Espíritu se convirtió en paloma y voló. Y el fuego de Dios iluminó su vida. La idea de ser sacerdote se hizo aún más fuerte. Ya no estaba solo. Era un miembro más de la Iglesia del Señor dispuesto a dar testimonio. Con el Señor dentro.

JUAN HUESO, S.F.