LA NIEVE
Hay personas que parecen haber nacido adultas. Que siempre las imaginamos mayores, como si nunca hubieran sido pequeñas. Es lo que nos pasa con el padre Manyanet. Nadie lo imagina con pantalones cortos, elásticos y el bocadillo en las manos. O pidiendo la merienda. Siempre lo imaginamos alto, maduro y con sotana. Y grande. Pensamos en él cuando ya era grande, cuando ya era el "padre Manyanet". Y en eso nos equivocamos porque también fue pequeño. Y también le pasaban cosas. Como esta:
Había nevado. Las calles parecían de algodón suave y las montañas una canción de Navidad de lo blancas que estaban. Manyanet salió a la calle. No sabemos quedarnos quietos cuando el paisaje nos invita a salir. Es bonito escuchar el crujido de la nieve al pisar, mirar atrás y descubrir nuestras huellas haciendo paisaje sobre la nieve. Son momentos en los que no importa el frío, ni el mal tiempo, ni el aliento que hacen las palabras. Solo importa el misterioso misterio de la nieve. El agua convertida en cristal. Josep Manyanet salió del pueblo sin darse cuenta. Y casi sin notarlo se hundió en la nieve y no podía salir. Lo encontraron medio muerto, helado, temblando de frío. Esto lo marcó internamente. Se acordó de la Virgen de Valldeflors, patrona de su pueblo. Y de repente, entendió que ella no lo abandonó ese día. Porque a la Virgen de Tremp también le gustaba la nieve. Y ese día terrible y hermoso ella estaba en su pueblo.
FUEGO
Es el cuerpo de la luz. Gracias al fuego podemos vernos unos a otros y contarnos cosas. Gracias al fuego del amor de Dios se hizo el mundo iluminado. También, gracias al fuego, el padre Manyanet sintió muy cerca el dolor y entendió a los que sufren. Fue un día de invierno. Un grupo de soldados había llegado a Tremp y se distribuyeron por las casas. Parecían llenos de ley y de disciplina. Y de hambre. Se calentaban cerca del fuego. Y calentaron aceite para preparar la comida. Josep Manyanet lo observaba todo con unos ojos de niño que quieren captarlo todo de golpe. La paellera con el aceite se derramó sin querer. Y un baño de fuego lo quemó de pies a cabeza. Cada trozo quemado era piel hirviente que se separaba del cuerpo. Esta mordedura de fuego fue como una chispa de luz en el alma de Manyanet. Junto a la herida de la piel y la herida del dolor salió también la herida del alma que lo predisponía a ahorrar dolor a los demás. Cuando fuera sacerdote. Porque ser sacerdote es ahorrar dolor a los demás bebiéndolo a sorbos. Si es necesario.
JUAN HUESO, S.F